MHOL: una crítica constructiva

Decía Max Weber que la política tiene sus propios demonios. En ella, no era cierto que solo lo bueno produzca el bien y lo malo, el mal. Más bien, cruel y frecuentemente sucedía lo contrario. Quien no ve esto es un niño, políticamente hablando.

El sábado, el Movimiento de Homosexuales de Lima intentó realizar la actividad Besos contra la Homofobia en la Plaza Mayor, lugar simbólico: frente a la Catedral, que representa a una Iglesia Católica que les niega derechos, y al Palacio de Gobierno y la Municipalidad de Lima, representantes del poder político.

La respuesta de la Policía Nacional fue violenta, arbitraria y miserable. Cerraron el perímetro de la Plaza con rejas para evitar que el MHOL lleve adelante su actividad, pero permitieron que un grupo de personas contrarias a esta, católicos conservadores, ingresara y manifestara libremente en la Plaza. Mientras ellos recibían protección, los otros recibían agua de un rochabús. En suma, un nuevo e infame ataque de parte del Estado a un grupo de ciudadanos como cualquiera de nosotros. Discriminación.

Sin embargo, ya antes el evento había generado cierta polémica política. Dirigentes del MHOL afirmaron, con molestia pero sin dar nombres, que miembros de la campaña del NO a la revocatoria les habrían pedido informalmente postergar su evento. El argumento: estamos en un contexto electoral donde este puede ser usado por la prensa para demoler a Susana Villarán.

La respuesta de los dirigentes del MHOL, pública y también informal, fue virulenta. Lanzaron el sambenito de “homofóbico” como globos en carnavales. Acusaron a Villarán de haber perdido ciertos principios, y a “la izquierda”, a quienes consideraban “sus aliados”, de haberles dado la espalda. Enrostraron el “cinismo” de su actuación por no apoyarlos en este momento y dejarse llevar por el cálculo electoral. Tomaron el pedido de postergación como una ofensa: sus derechos no admiten postergación, sostuvieron.

Aunque estoy de acuerdo con su agenda, me desconcierta la actitud que toman mis amigos del MHOL cuando se les realiza una crítica. Su necesaria agresividad linda con un peligroso sectarismo. Toman sus acciones como las únicas adecuadas, aun cuando sabemos que suelen ser bastante atrevidas. Por ejemplo, preguntas como si era necesario hacer esa actividad ahora, o qué beneficios tangibles traía al MHOL su realización me parecen válidas, su respuesta no me parece evidente y plantearlas no me hace “homofóbico”.

Si alguien señala los posibles costos de estas acciones, como generarles un posible aislamiento o alejarlos de una base que los puede tachar de escandalosos, se le acusa nuevamente de “homofóbico”. Quien es cercano a ellos pero no apoya todas sus acciones se convierte en un “cínico” o un “aliado” entre comillas, como si uno tuviese siempre que apoyarlos porque nunca se equivocan.

Como dije, tachan a todo aquel que los critique de “homofóbico”. Un claro y ramplón abuso del concepto de homofobia: me pides que postergue el evento, homofóbico; críticas a los escandalosos, homofóbico; no cumples con toda mi agenda propuesta, homofóbico; te interesan más las elecciones, homofóbico; eres gay pero te escondes, homofóbico.

Esto va de la mano con considerarse ajenos a la “política”. Es decir, al asumirse “movimiento” en contraposición a los “partidos”, creen que sus demandas están por fuera de toda negociación. Ellos no serían como los partidos, calculadores, tácticos. Su actuación no es por cálculo, sino por convicción y de forma abierta y agresiva, porque los derechos que exigen no admiten negociaciones. Blanco o negro.

Por lo general, las personas más “duras” son las más eficientes a la hora de defender derechos. Su intransigencia los hace buenos en actividades gremiales. Sin embargo, no siempre todos hilan fino a la hora de hacer política, aunque su labor siempre lo requiera. La política implica también acuerdos y prudencia, no porque uno sea vacilante, sino porque no se tiene los recursos suficientes para imponerse al adversario. Salvo que intenten la vía de las armas, consigan el poder y eliminen toda oposición, su lucha implicará necesariamente la negociación.

Los movimientos hacen política, aunque de otra forma que los partidos, y para conseguir sus derechos combinan lucha con negociación. No se puede tener siempre de lo primero sin tener algo de lo segundo, o al menos admitir su existencia.

Además, las agendas son una cosa y la forma de implementarlas es otra muy distinta. Que uno esté de acuerdo con la agenda del MHOL no implica que uno concuerde con la forma en que su actual dirigencia intenta llevarlas adelante. Criticar a esta última no hace a uno homofóbico o menos comprometido con la agenda LGTB. Tampoco se puede ver a los aliados como traidores potenciales. Se cae en una victimización excesiva, casi patológica.

Para finalizar, y darle sentido al párrafo inicial, creo que los amigos del MHOL cometen estos errores no por maldad o de forma deliberada. Llevan adelante una valiente tarea en la defensa y reconocimiento de sus derechos en una sociedad tan conservadora e hipócrita como la nuestra. Sin embargo, la necesaria intransigencia que muestran a veces les juega en contra. Sin notarlo, terminan cortando lazos que podrían serles útil. Juegan mucho a molestar al adversario, pero no siempre esto ayuda a mejorar la relación con la difícil tribuna. Hay cosas buenas que realizan, como una actividad pública contra la homofobia, que no necesariamente producen el bien para ellos como organización. Quien no ve esas contradicciones es un niño, políticamente hablando.

Fuente: diario16.pe

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